Dinastía Supella (relato)

La primera vez que lo vio apenas había asomado lo que parecía ser una pata flaca llena de pelitos. No distinguió ni mucho menos supo establecer si lo que advirtió en segundos se trataba de un insecto a cuya incertidumbre se sumaba la categorización del mismo. Aguardó en la cocina con la parsimonia que proporcionan un café humeante, unos bollitos de canela y la mirada asentada en un punto de encuentro. Cuatro, cinco o seis minutos transcurrieron cuando sus ojos lo divisaron de nuevo. A la pata se había sumado un tórax y luego dos inquietas antenas adheridas a una minúscula cabeza terrosa. No había duda que se trataba de un enorme cucarachón de banda marrón, bastante gordo y de los que volaban al primer indicio de sentirse amenazados. Desmenuzó unas migajas en la palma de la mano, las esparció en el suelo y con la otra mano se quitó cautelosamente el distinguido zapato de fulano exitoso.
-Ahora sí que te voy a joder -musitó la frase entre dientes, las palabras apretadas, como si las masticara para después regurgitarlas encima de aquella sabandija liliputiense.
-Ahora sí que te voy a joder -musitó la frase entre dientes, las palabras apretadas, como si las masticara para después regurgitarlas encima de aquella sabandija liliputiense.
Permaneció inmóvil, y aguardó con la obsesiva calma de un psicópata, a su desprevenida víctima. El prehistórico testigo de la historia del mundo hace más de trescientos millones de años, sobreviviente de la bomba atómica que destruyeron Hiroshima y Nagasaki durante la segunda guerra mundial se prepara para la batalla. Los finos y numerosos vellos de su cuerpo se estremecen como sensores que advertirán si hay peligro y las antenas son ahora dos poderosos cables capaces de transmitir información vital en cuestión de segundos. Se mueve muy despacito, en serpenteo, precavidamente, aminora la marcha; huele el aroma dulce de las migajas, ya falta muy poco.
¡Plaf!, se retuerce el lastimado cuerpo, la víctima procura huir, ponerse a salvo, pero su victimario con los ojos y el rostro desencajados, entre alaridos guturales, la acecha. ¡Plaf!, el movimiento de las antenas es apenas perceptible, una melcocha blanca y espesa se mezcla con los restos de patas, cabeza y un tórax desmembrados.
–¡Te jodí, te jodí, te jodí, teeeeee, jodí, í, í! Asquerosa, que en mi cocina mando yo.
¡Plaf!, se retuerce el lastimado cuerpo, la víctima procura huir, ponerse a salvo, pero su victimario con los ojos y el rostro desencajados, entre alaridos guturales, la acecha. ¡Plaf!, el movimiento de las antenas es apenas perceptible, una melcocha blanca y espesa se mezcla con los restos de patas, cabeza y un tórax desmembrados.
–¡Te jodí, te jodí, te jodí, teeeeee, jodí, í, í! Asquerosa, que en mi cocina mando yo.
Detrás de la nevera de acero inoxidable, moderna, espaciosa, catorce cápsulas, cada una con un promedio de trece huevos saldrán dentro de treinta y siete días. La hembra del cucarachón de banda marrón (Supella longipalpa) producirá cerca de seiscientas crías por año…




