Monday, April 23, 2007

Dinastía Supella (relato)


La primera vez que lo vio apenas había asomado lo que parecía ser una pata flaca llena de pelitos. No distinguió ni mucho menos supo establecer si lo que advirtió en segundos se trataba de un insecto a cuya incertidumbre se sumaba la categorización del mismo. Aguardó en la cocina con la parsimonia que proporcionan un café humeante, unos bollitos de canela y la mirada asentada en un punto de encuentro. Cuatro, cinco o seis minutos transcurrieron cuando sus ojos lo divisaron de nuevo. A la pata se había sumado un tórax y luego dos inquietas antenas adheridas a una minúscula cabeza terrosa. No había duda que se trataba de un enorme cucarachón de banda marrón, bastante gordo y de los que volaban al primer indicio de sentirse amenazados. Desmenuzó unas migajas en la palma de la mano, las esparció en el suelo y con la otra mano se quitó cautelosamente el distinguido zapato de fulano exitoso.
-Ahora sí que te voy a joder -musitó la frase entre dientes, las palabras apretadas, como si las masticara para después regurgitarlas encima de aquella sabandija liliputiense.

Permaneció inmóvil, y aguardó con la obsesiva calma de un psicópata, a su desprevenida víctima. El prehistórico testigo de la historia del mundo hace más de trescientos millones de años, sobreviviente de la bomba atómica que destruyeron Hiroshima y Nagasaki durante la segunda guerra mundial se prepara para la batalla. Los finos y numerosos vellos de su cuerpo se estremecen como sensores que advertirán si hay peligro y las antenas son ahora dos poderosos cables capaces de transmitir información vital en cuestión de segundos. Se mueve muy despacito, en serpenteo, precavidamente, aminora la marcha; huele el aroma dulce de las migajas, ya falta muy poco.
¡Plaf!, se retuerce el lastimado cuerpo, la víctima procura huir, ponerse a salvo, pero su victimario con los ojos y el rostro desencajados, entre alaridos guturales, la acecha. ¡Plaf!, el movimiento de las antenas es apenas perceptible, una melcocha blanca y espesa se mezcla con los restos de patas, cabeza y un tórax desmembrados.
–¡Te jodí, te jodí, te jodí, teeeeee, jodí, í, í! Asquerosa, que en mi cocina mando yo.

Detrás de la nevera de acero inoxidable, moderna, espaciosa, catorce cápsulas, cada una con un promedio de trece huevos saldrán dentro de treinta y siete días. La hembra del cucarachón de banda marrón (Supella longipalpa) producirá cerca de seiscientas crías por año…

Bibliobasura (relato)



“¿Quieres hacerme el favor de callarte, por favor?” Cuando no creyó que alguien pudiera destinarle a un cuento un título tan discordante descubrió al norteamericano Raymond Carver. Decir que mientras leía iba posesionándose de aquellos personajes sustraídos de la vida misma, vida tan ordinaria como su propia existencia, vida de rutina, automatismo, un dolor hambriento a veces, más lo primero que lo segundo, otras más lo segundo que lo primero, en ocasiones, nada; solo en un limbo existencial, con la alacena vacía y nada que tomar porque hay días buenos que le permiten ciertos antojos que adquiere con rebajas en los escaparates de las tiendas para bolsillos que se mueren de flacos; es decir que la lectura de un tipo como Carver, capaz de retratarlo a él sin conocerlo, porque seguramente para retratar la vida misérrima de las personas hay que ser un observador o un ser tan patético y sufrido como sus personajes, es decir mucho, aunque nunca demasiado. A veces él quisiera ser escritor como Raymond y lo llama por su nombre, vínculo mágico que suele aflorar entre ciertos autores y lectores. Después de todo, el escritor piensa como él y él también piensa como Raymond. Por eso escribió sobre gente tan corriente como el agua que sale de un grifo. Como él. “Por eso”, ¿será cierto que “por eso” escribió sobre gente como él? Ya no es suficiente leerlo, hay que biointerrogarlo, biodescubrirlo, examinar al escritor como a un animal de laboratorio, un espécimen plausible que una vez estuvo dotado de vida, y lo embarga una tristeza ingenua, como si en vez de un desconocido hubiera muerto alguien entrañable.
El niño camina a paso de tortuga por un pasillo inmenso, silencioso. Su cabeza gira a diestra y siniestra como si llevara un resorte mecánico. Ha quedado rezagado del grupo de veinte chiquillos colegiales de un hospicio para huérfanos, absorto en la contemplación de las erguidas filas de libros. Lo ha convencido salirse de la ruta, un libro sobre un niño y un principito. Estornuda dos veces sobre la página de la serpiente que digiere un elefante. Cuando se tiene seis años uno se da cuenta desde el dibujo número uno que se trata de una enorme reptil engullendo un paquidermo. Entonces la mano siniestra de un adulto lo arranca a uno de su mundo imaginario y ése fue el final de su historia. “Dígale a la maestra que encontramos al chico”.
El hombre camina a paso de tortuga por un pasillo inmenso, silencioso. Su cabeza gira a diestra y siniestra como si llevara un resorte mecánico. Anda solo y con más años. Ninguna mano siniestra lo tomará del brazo. Ya no hay boas que digieren elefantes. Pero le queda un mundo imaginario anquilosado por una existencia pesada semejante a una roca amarrada al cuello que acarreamos para no caer en el abismo de una muerte impetuosa. Busca en la C y lo encuentra. Carver, Raymond escritor y poeta estadounidense nacido en Oregón. Vivió en docenas de lugares trabajando en ocupaciones ocasionales y mal pagadas, debatiéndose en la más absoluta de las pobrezas, con un matrimonio destrozado, con graves problemas de alcohol durante varios años”. El hombre arranca la página y se la echa al bolsillo. Al salir deja un voluntario aroma a alcohol que notarán algunas narices de espejuelos lectores y un libro huérfano de biografía.
Descubrió al norteamericano Carver en la Universidad, exactamente en su periferia, justo en el tangón número cinco que recoge los desperdicios y papeles que desechan los habitantes de Literatura Comparada. Raymond no fue el primero, pero le ha tomado apego. Los papeles deshechos componen su acervo literario. Lo que no sabe aún es que en unos cuantos días descubrirá a Charles Bukowski y de nuevo, en otro imperativo viaje a la biblioteca pública; buscará en la B, arrancará la página, dejará el voluntario aroma del alcohol y otro libro huérfano de biografía.

En busca de la salud perdida (relato)



La traviata te despierta a las seis. Después de orinar copiosamente, te lavas los dientes en la ducha mientras dejas que el agua te espante el letargo. Abres el clóset y sacas un pantalón gris, camisa clara, zapatos negros. Te engominas el pelo hirsuto. Agarras los espejuelos fondo de botella, el reloj de cebolla. Ahora, un toque de Old Spice detrás del cada lóbulo y en las muñecas. Nada de excesos. Coges el bulto, lo abres y cotejas todo. Cierras la puerta, te vas en ayunas. Dentro del trasporte público imploras que los de al lado no te torturen con sus parloteos majaderos. “Que si lloverá hoy, que si hay que ver cómo está el país, que si las cosas están color de hormiga brava”. Tú respondes en un lacónico ujúm mientras ellos, aves zancudas chachareras, lanzan sus graznidos quejumbrosos. Al tropel les parece obsceno leer libros complicados, pero leen el Reader Digest y a Coelo, porque ciertamente, un lector tiene la sana obligación de leer buena literatura, incluyendo los textos de autoayuda. ¡Déjenme leer en paz y no me mortifiquen! Sí, estoy hablando en serio. ¡Por supuesto que tengo educación! Soy un profesor retirado. ¿No les agrada mi tono? ¡Pues a mí tampoco sus tonos rumiantes! Cierras el libro y bajas del transporte con la frustración de no haber vociferado todo aquello que pensaste.
El sonido de las campanillas en la puerta anuncia a los que están adentro que ha llegado alguien más. Entras malhumorado. Divisas una esquina aislada y te diriges hasta el asiento tapizado de rayas en el que hundes tu flácida y adusta humanidad. Colocas tu termo de agua en el piso, sacas dos barras de granola del bulto y tus libros. Seguirás con la policíaca del belga Simenon, Los vecinos de enfrente como aperitivo; el plato fuerte lo destinarás a La vida difícil, de Mrozeck. La secretaria te interrumpe con las preguntas de rigor “¿es la primera vez que viene?” Sí, respuesta monosilábica. “¿Tiene récord con nosotros?” No, respuesta monosilábica. “Déme su tarjetita de seguro médico. Lléneme este formulario y firme donde están las equis”. Coges el papel con fastidio y garabateas una firma deshilachada. Te hubieras ahorrado todo este martirio de madrugar y coger el bus público si los demás médicos hubieran dado con un diagnóstico. Incompetentes. ¿Cómo se les ocurre decir que estoy bien? ¿Cómo? Es el colmo de la ineptitud ¿De qué escuela de medicina se graduaron? Ganas te dan de estrangularlos con sus propios estetoscopios. Hoy has tenido suerte. Este médico te ha visto y después de un escueto interrogatorio de rutina, te ha recomendado visitar un colega especialista en “enfermedades raras”. Seguramente este distinguido médico, se doctoró en la prestigiosa Montpellier, reflexionas. Hasta te ha recetado un shampoo contra la soriasis, aunque no la padeces. Le entregas la receta al farmacéutico mientras husmeas como un sabueso por los pasillos de la farmacia. Ya está lista. Han dicho tu nombre, la recoges. En la caja de salida pagas la botella de antiácido, el pomo de antibióticos, un frasco de aspirinas, tres latas de atún y las hojuelas para los peces.
Los lunes sirven arroz con habichuelas y bistec en El Sancocho. Los martes, gandinga. Hoy martes, te apetece el menú de los lunes y Evaristo te complace siempre. El antiguo mozo tiene el don de leerte el pensamiento. Todos, excepto él, piensan que eres un viejo maniático. Lo conoces y él te conoce desde hace un cuarto de siglo. Evaristo se morirá esta noche y te enterarás mañana cuando el iniciadito mozo cariacontecido te siente en la mesa equivocada. Evaristo te sienta como siempre, en la mesa solita del rincón, alejadito del baño lejos de los demás comensales. Ya debidamente instalado, sacas el libro del bulto. En las próximas visitas médicas le tocará el turno a Kertész y a Marai. Entre el transporte de ida, la oficina del médico y el transporte de regreso acabaste a Simenon. Desde el otro extremo del comedor, Evaristo le da instrucciones al asistente nuevo. “Cuando lo veas llegar, no le lleves la contraria. Lo sientas en la misma mesa; le dices que sí a todo lo que te pida. Nunca lo interrumpas mientras lee, y esperas que te avise. Siempre pide el menú del día anterior. Te vas derechito a la nevera. Allí le guardamos la comida de toda la semana al profe, se la recalientas y listo, se la pasa como acabada de hacer. Deja buena propina”.
De regreso a la casa guardas el bulto intacto en el lugar destinado a Lecturas para esperas prolongadas. Alimentas los peces mientras tarareas la música de Verdi. Coges el auricular, marcas el número del especialista recomendado, hablas con otra nueva secretaria y listo. Te acomodas en la butaca, sacas El Ulises que guardas en la gaveta etiquetada Relecturas de sillón. La semana pasada terminaste la relectura de La guerra y la paz, pero el verdadero reto será En busca del tiempo perdido. Ni cuando dictabas cursos en la universidad llegaste a leer todos los capítulos. Te propones leerlo, desde luego, tan pronto tu salud se estabilice. “Un intelectual nunca debería posponer a Marcel Proust, a menos que se sienta enfermo”.
Ya son las siete de la noche. Cierras el libro y lo guardas de nuevo en la gaveta. Te levantas del sillón para arquearte como un gato. En la cocina, te haces un emparedado de atún con algo de cebolla. Abres una botella de vino frutoso y te la vas tomando, mientras contemplas absorto los minúsculos peces de manchas policromadas. Limpias las migajas de pan en la mesa, botas la botella vacía, aseguras las puertas. Te desnudas sin mirarte al espejo entras a la ducha y dejas que el agua te lama la piel como la lengua un gato. Después, paseas el hilo por todos los dientes, los cepillas meticulosamente y le sonríes al pequeño espejo. Pones el despertador con La traviata. Mañana madrugarás nuevamente en busca de la salud perdida. Te vas quedando dormido. Tal vez, sueñes con Proust.